Notas de campo y observaciones

Entregamos una serie de textos breves sobre nuestra experiencia de trabajo que muestran orientaciones y desafíos, tal como los fuimos desarrollando, en la medida en que son diseminables.

LA CONSULTA QUE FUE EL VIAJE

Se armó un debate interesante. No había, a esa altura, mucha experiencia en esto de la consulta indígena. La cuestión era dónde debía hacerse dicha consulta. Si donde la comunidad residía, o en una oficina del servicio público. Más de veinte horas de navegación por los canales australes separaban una opción de la otra. Finalmente logramos una solución, una transacción. El viaje sería la consulta y así la denominamos. La solución tuvo su antecedente. La comunidad se reclama heredera de los grandes trayectos de sus ancestros nómadas. Tenía, entonces, todo el sentido. Embarcamos en el buque y, en esas veinte horas, se hizo lo que había que hacer. Mientras tanto, se tejía cestería y se les enseñaba a los pasajeros. Los temas técnicos de la consulta fluían en las conversaciones. Nos imaginábamos que algo así, más sencillo, más precario, se diría, era lo que ocurría cuando surgía algún tema en esas familias nómadas. Aprendimos mucho; aprendimos del trayecto y del campamento. De hecho, llegamos al campamento, donde sellamos la consulta. Hubo algo notable. Notamos cierta emoción entre los funcionarios públicos al momento de la firma. Habrá sido el viaje.

EL TAMBO DE LA LECHE

Cuéntame ahora tu peor experiencia en este fantástico trabajo que han hecho aquí. Le dije a mi querido amigo en ese país que aprendí a querer. Me miró con un rictus de timidez que no le había visto antes. El tambo de la leche me dijo. ¿Y de qué se trata? Le pregunté. Compramos una vaca para que les diera leche a los niños, agregó. Volvimos un tiempo después y vimos resultados. Pero nos llamó la atención que algunos de esos niños no mostraran lo que vimos en los demás. Le preguntamos al jefe. Y nos dijo: «Ah, no, es que esa familia está castigada». La ramita con la que yo estaba jugando en el suelo arcilloso y rojo se detuvo casi por sí sola. ¿Y qué hicieron? Inquirí. Tuvimos que negociar, me dijo. Logramos convencerlo de que los niños no cargan con las culpas de las familias. ¿Y volvieron a visitar la comunidad? Sí, concluyó. Y ya los niños estaban todos rozagantes. Habrá sido por la leche o porque las familias se habían reconciliado, quizás. No llegamos a conocer el final de esa historia. Prefiero creer que fue por ambas cosas.

UNA NOTA SOBRE UN PROGRAMA DE SALUD EN INDÍGENAS RECIENTEMENTE CONTACTADOS

Cuéntame. ¿Cómo es que hay indígenas recientemente contactados y que haya indígenas en aislamiento voluntario? ¿Cómo es que existe un programa de salud dirigido a ellos?

¿Notable, no? Los hay de unos y de otros. Es el caso que estudié en el Amazonas. Y, claro, hay que disponer de medios cuando se contacta a un nuevo grupo, porque siempre existe el riesgo de transmisión de enfermedades. Por lo tanto, hay un protocolo para evitar que el contacto signifique para ese grupo un riesgo que puede ser fatal.

Pero, permíteme discurrir por otros lados, por lo que vi y aprendí en la comunidad con la que tuve la oportunidad de trabajar.

En la selva, donde cada cuerpo es a la vez territorio y memoria, la inteligencia no está concentrada en un centro, sino distribuida en una red de relaciones que se observan mutuamente. Desde una mirada tecnológica y cibernética de segundo orden, que es desde lo que estamos hablando, lo que suele describirse como “intervención sanitaria” es en realidad un encuentro entre sistemas que procesan información de maneras radicalmente distintas. El sistema moderno opera con protocolos, métricas y umbrales de riesgo; la comunidad indígena con la cual trabajé opera con ritmos ecológicos, señales simbólicas y una lectura del entorno que no separa cuerpo, territorio y relación. Allí donde el programa de salud intenta reducir la incertidumbre, la comunidad introduce variabilidad; donde el Estado busca trazabilidad, la selva ofrece opacidad fértil.

Bateson, que es el autor marco con el que trabajé, habría dicho que lo importante no es el cuerpo como objeto, sino el patrón que conecta: la danza recíproca de perturbaciones y ajustes entre sistemas que no pueden dejar de afectarse. Cada gesto médico —un examen, una clasificación, un registro— es una perturbación que reorganiza la red; cada gesto indígena —un silencio, un desplazamiento, una negativa— es una retroalimentación que obliga al sistema moderno a recalibrar su sensibilidad. La inteligencia distribuida emerge precisamente allí: en la capacidad de la red para absorber diferencias sin colapsar, para aprender sin imponer, para sostener tensiones sin resolverlas prematuramente.

Desde esta perspectiva, la tecnología, que aquí nos preocupa por su aceleración, deja de ser un aparato y se convierte en una ecología de observación, un diseño de sistemas adaptativos que reconoce que ningún actor controla el flujo completo de información. Un sistema adaptativo no busca integrar al otro, sino mantener la conversación viva, permitir que cada parte observe cómo es observada y ajustar su conducta en consecuencia. La frontera amazónica se vuelve entonces un laboratorio donde se ensayan formas de convivencia entre sistemas humanos, técnicos y ecológicos que no aspiran a la homogeneidad, sino a la coevolución.

¿Crees que esto es relevante para nuestro propósito?

Es crucial desde la perspectiva de una antropóloga. Y te invito a ver lo que ya anotamos acerca de la perspectiva de Cixin Liu en esta misma página. La distinción que emerge de estar en la selva, entre mirar y observar, en la Amazonía no es solo práctica, sino ontología: el tiempo no está fuera del acto de ver, sino que lo constituye. Mirar es registrar; observar es atravesar un umbral, dejar que el tiempo haga su trabajo, permitir que la forma emerja. Recuerdo lo que a veces hablabas sobre Spencer‑Brown: toda observación es una distinción que se sostiene en el tiempo, un trazo que separa un adentro y un afuera, pero que solo adquiere sentido cuando alguien lo mantiene vivo mediante la espera.

En la selva, mirar sin esperar es inútil. El jaguar, la lluvia, el visitante, el espíritu, el enemigo: ninguno se revela de inmediato. La forma aparece en la demora. La vida amazónica exige una atención sostenida, una vigilancia que no es ansiedad, sino ritmo. Observar es dejar que el mundo se configure por sí mismo, sin forzarlo. Es una epistemología de la paciencia.

En términos cibernéticos, observar es permitir que el sistema se muestre. No intervenir antes de tiempo. No cerrar la distinción prematuramente. La espera es parte del cálculo. Y ahí aparece nuestra dromología, Virilio, ¿no?

¿Puedes profundizar en ello desde la mirada antropológica y lanzarme un puente hacia este mundo de lo moderno en que vivimos?

Bien, déjame decirlo así. Para la modernidad, observar es medir. Para la Amazonía, observar es relacionarse. Pero ambas prácticas comparten algo profundo: la observación es una tecnología. Una forma de producir mundo. Una forma de producir cuerpo.

- En la selva, observar es leer señales mínimas: un crujido, un olor, un silencio.

- En la modernidad, observar es registrar datos, estabilizar variables, reducir incertidumbre.

- En la cibernética de segundo orden, observar es saber que al observar transformamos lo observado.

La Amazonía lo sabe desde siempre: mirar es intervenir. Por eso se mira con cuidado, con lentitud, con respeto.

Recuerda, y tú lo has dicho reiteradamente. En Laws of Form, en Spencer-Brown, la distinción funda el mundo. Pero la distinción solo existe si alguien la mantiene. En la Amazonía, esa figura es literal: la forma aparece cuando el observador sostiene la mirada y deja que el entorno responda. Observar es un acto recíproco: uno observa, pero también es observado.

La selva es un sistema que devuelve la mirada. Date una vuelta por allí y lo sentirás. Y, por lo pronto. es un universal. Aunque lo evitamos. Para nosotros, en nuestra proposición, esto podríamos formularlo así: buscamos diseñar sistemas que no busquen controlar el entorno, sino sostener la conversación con él, capaces de mirar y esperar antes de intervenir, de modular su sensibilidad según las señales que reciben y de reconocer que toda observación es recíproca. En lugar de imponer formas, estos sistemas trazan distinciones que pueden ser ajustadas, suspendidas o reconfiguradas según la respuesta del medio, tal como en Laws of Form o en los mundos de Cixin Liu, donde la supervivencia depende de la capacidad de leer patrones que emergen lentamente y de actuar solo cuando la forma se vuelve inteligible. Siempre hay tiempos, aceleraciones, pausas; y, en el Amazonas hay accidentes; también hay accidentes. Un diseño así entiende que la inteligencia no reside en un centro, sino en la red; que la estabilidad no proviene de la estandarización, sino de la capacidad de absorber diferencias; y que la verdadera tecnología es la que sabe observar sin colonizar, esperar sin paralizarse y aprender sin exigir simetría.

Muchas gracias

Modelo para armar

El país no podía continuar con buques de investigación regalados por potencias amigas. Por un lado, dependíamos de la buena voluntad y de los excedentes que ellas tuvieran. Por el otro, teníamos una industria naval que no se atrevía a cubrir esa necesidad. Recursos: de dónde sacarlos, como siempre. Mi querida amiga, muy científica ella, entendió el desafío y nos pusimos a la tarea. A mover los cimientos del Estado para alterar el statu quo. Y nos empezó a ir bien. Y aparecieron los interesados y sus intereses. Que más largo, que más corto. Que este equipo, que el otro. Que sirva para lo uno y lo demás. Y hubo un modelo. Un día se desplegó en mi escritorio en un plano. Luego, una reunión política en Palacio. Allí mismo. La decisión palpitaba. El titular de la billetera no cejaba en ocultar de dónde podíamos sacar el dinero, que no era poco. Hubo un momento en que parecía que todo iba al garete. Y como una epifanía surgió una idea; es que este buque tendrá capacidad geológica, dije. Los ministros se dieron vuelta y me miraron de cabeza a los pies. Sentí crujir la vetusta y elegante sillita que me sostenía. —¿Ah, sí? — dijo la que sí importaba. Sí, dije, y expliqué y fui más allá. Habría buque; hubo buque. Cuando bajaba la escalera desde ese segundo piso, sentí frío. Luego vi las espaldas de los ministros, que, alejándose de mí, ya acordaban cómo ordenarían los presupuestos para esta nueva cosa. Metí la mano a mi bolsillo y encontré una moneda de diez pesos. La lancé al aire y, al recogerla en mi palma, había caído por el lado que correspondía; ahí anda ahora el buque. Hermoso, aunque nunca lo pude conocer. Sólo lo he visto desde lejos, como espaldas de ministros.